Del potencial al proyecto real: el reto pendiente del autoconsumo colectivo

Publicado el 2 de julio de 2026
Columna de opinión Ximo Masip_ ImpactE_autoconsumo

Durante los últimos años hemos hablado mucho de autoconsumo. De potencia instalada, de rentabilidad, de incentivos, de cubiertas disponibles y de reducción de emisiones. Todo eso era necesario, pero empieza a quedarse corto para explicar la fase en la que estamos entrando.

El autoconsumo individual ya tiene una lógica bastante conocida: una cubierta, un consumidor, una inversión y una factura. Puede haber dificultades, por supuesto, pero el esquema general es relativamente directo.

El autoconsumo colectivo es otra cosa.

El Real Decreto-ley 7/2026 amplía el marco de posibilidades, especialmente con el aumento de distancia hasta los 5 kilómetros y la posibilidad de desarrollar proyectos de mayor escala. Es una buena noticia. Permite pensar en comunidades energéticas, barrios, edificios públicos, polígonos industriales y modelos de generación compartida que hasta hace poco tenían mucho menos margen. Pero una cosa es que el marco regulatorio abra una puerta y otra que los proyectos pasen por ella.

Ese es, a mi juicio, uno de los puntos que más deberíamos discutir ahora: cómo convertir el potencial en proyectos reales. Porque el potencial, por sí solo, no transforma nada.

Un municipio puede tener muchas cubiertas con buena orientación. Un polígono puede disponer de miles de metros cuadrados sobre naves industriales. Una comunidad de vecinos puede tener una instalación perfectamente rentable sobre el papel. Pero entre esa posibilidad inicial y una instalación funcionando hay una distancia considerable.

Hay que identificar cubiertas viables, cruzarlas con consumos reales, estudiar perfiles horarios, definir el modelo de reparto, tramitar el expediente, conectar la instalación, explicar el funcionamiento, resolver dudas económicas, gestionar altas y bajas, mantener el sistema y garantizar que los participantes entiendan qué impacto tiene todo eso en su factura.

No es solo instalar placas. Es ordenar un sistema.

Y cuanto más colectivo es el modelo, más importante se vuelve esa capacidad de ordenarlo. En una vivienda unifamiliar decide una persona o una familia. En una comunidad de propietarios aparecen vecinos con situaciones distintas, administradores de fincas, dudas sobre la inversión y niveles muy diferentes de conocimiento energético. En un polígono industrial, además, puede haber propietarios de naves, empresas arrendatarias, consumos muy distintos e incentivos que no siempre están alineados.

Por eso el autoconsumo colectivo no es únicamente un reto técnico. También es un reto de coordinación.

A veces se habla de la transición energética como si bastara con que la tecnología estuviera disponible. Y es verdad que la tecnología fotovoltaica está madura. Pero eso no significa que el despliegue sea automático. La realidad es más incómoda: muchos proyectos no fallan porque no haya recurso solar, sino porque falta capacidad para convertir ese recurso en una actuación bien definida, comprensible y gestionable.

Aquí conviene evitar una simplificación. No todo se resuelve con digitalización. Sería ingenuo plantearlo así. Un software no soluciona por sí solo una red saturada, no elimina los plazos administrativos y no sustituye la inversión en infraestructuras.

Pero tampoco podemos pretender escalar el autoconsumo colectivo con procesos pensados para instalaciones aisladas. Cuando hablamos de varios consumidores, repartos, datos horarios, incidencias, mantenimiento y comunicación con usuarios, la gestión deja de ser un complemento y pasa a formar parte central del proyecto.

Esto es especialmente relevante para los municipios. El nuevo contexto les da un papel cada vez más activo, pero la pregunta importante no es solo cuánta energía solar cabe en su territorio. La pregunta es cuánta de esa energía puede convertirse en proyectos viables, financiables, conectables y sostenibles durante toda su vida útil.

El mapa, el estudio o la simulación son puntos de partida. Ayudan a tomar mejores decisiones. Después viene lo siguiente: priorizar, coordinar agentes, explicar bien el proyecto y sostenerlo en el tiempo.

El RDL 7/2026 amplía el terreno de juego del autoconsumo colectivo. Ahora falta comprobar si somos capaces de jugar en ese terreno con suficiente rigor operativo.

El éxito no se medirá solo en kilómetros permitidos ni en megavatios posibles. Se medirá en proyectos que lleguen al tejado, funcionen correctamente, repartan la energía de forma clara y generen confianza entre quienes participan.

Ese es el salto pendiente: pasar del potencial al proyecto real.

Autor: Ximo Masip

Co-Founder, Director de Negocio & Proyectos en ImpactE 

PhD student in Heat Energy Communities en UPV & ImpactE 

Master’s Degree in Energy Technologies for Sustainable Development

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